sábado, 2 de mayo de 2015

Todo listo para Mayweather vs Pacquiao la pelea del siglo

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A lo largo de las divisiones, los grandes combates de pugilismo han radicado además en el contraste de dos elegancias refractarias. Éste no es una restricción. Floyd Mayweather Jr. y Manny Pacquiao, posteriormente de mucho periodo de evitarse el uno al otro, se han harmonizado por amén a comparar en una velada con la que este ocio recobra la cabida de conmocionar al cosmos entero y que adicionalmente alberga un choque de guisas de ser como no se recordaba desde los periodos de Alí y Frazier. A una semana corta de la data, el promotor Bob Arum dice que no para de cobrar indicaciones de gente dispuesta a reconocer cien mil dólares por una luneta de ring.

Una indeterminación gigantesca luego de la cual, si no hay vendetta, el pugilismo está abocado a echar de menos a sus dos únicos peleadores capaces de opacar cualquier otro bono deportivo, incluyendo la final de un Mundial de fútbol. Floyd Mayweather. Detrás del  arrogante y palabrón, del macho con modos de que viaja en partidas de Humvees, que llena de prostitutas moradas de hotel y se hace imprimir durmiendo sobre estratos de cuartos de a cien, atrás del boxeador insoportable (47-0, a dos del récord de Marciano) que se ha realizado levantar un protector oral de veinte mil dólares con gorgojos diamantes embutidos, hay una fábula angustiosa. La de Floyd, nexo más hábil de un estirpe pugilístico, y su progenitor, cuya figura en la arista el similar sábado constituye una reconciliación del campeón con todos sus sombras íntimos. De su artista, Floyd recordaba dos cosas: que de chico le ponía las pasadas para que hiciera el uno-dos y que una sucesión lo usó de escudo desprendido porque iban a pegarle un depósito.

Floyd Sr. alzó el niño y se lo puso en presencia de de la desfachatez, el estallido se lo pegaron entonces en la pantorrilla. Les costó años de resentimientos cruzados ser eficientes de fusionarse en una misma máquina venerable. Pero Floyd Jr. de ningún modo dejó de apechugar que siempre fue perfectamente el tipo de pugilista deseado por su autor: un maestro de la elusión y la estratégica, probablemente la mejor guardia, aun contra las cuerdas, de la tradición del pugilismo. Manny Pacquiao. Reza mucho, como un «renacido» en la ideología, y es congresista por la circunscripción filipina de Sarangani. Nadie entendió por qué se empeñó en compartir siendo pugilista, en emplazamiento de impulsar su licenciatura política a una permanencia casi provecta, luego de que Márquez lo noqueara con un «swing» terrible. Ahora sabemos cuál fue el pretexto: ansiaba esta batalla, pensaba que su posteridad estaría mutilada sin ella. La hará y seguidamente se retirará, salvo que cuadre una vendetta. Mientras tanto, formando con su preparador Freddie Roach, enfermo de Parkinson, una escolta compenetrada y esgrimidora por una estima mutua, Pacquiao asombra por la naturaleza tonificada luego de la singladura contra el mexicano.

Algieri no le sirvió tampoco como despojo afable, ágil de pezuñas como de ningún modo, un auténtico pedrisco de contratiempos. Es veraz que la justa llegue cinco años demasiado tarde, que hubiera sido mejor hacerla cuando entreambos tenían recién guerrilla la divisoria de la treintena. Mayweather desbarató a Canelo en uno de sus últimos combates. Pero en entreambos que riñó con Maidana se lo vio más lento de zancas, más obligado a fijarse para avenir, más apurado en ciertos eventos en los que tuvo que apelar a trampas para encharcar el ritmo de riña equivalentes como mentir resentimiento por un bocado de su enemigo en la pasada. Una consideración rebelde dice que en la prudencia es cuando los grandes luchadores ofrecen sus mejores perplejidades. No inmediatamente por la pericia, sino porque están demasiado avejentados para embriagarse y no les queda más perfeccionamiento que permanecer y incorporar. El venidero término 2, la clave será ésta.

Si el combate es helado, decisivo y contenido, si Mayweather adelantar domar a Pacquiao los cuatro exteriores atentados y luego se dedica a manejar con el acomodo que le demasía y con su ámbito de las lejanías la conveniencia de lugares, el americano ganará en doce atentados. Si Pacquiao impone su determinación y su pugilismo más optimista y pegador, si obliga a Floyd a exponerse, entonces todos nos divertiremos más, y el filipino tendrá grandes talentos de obtener por K.o. en el último tercio de los doce ataques. En mi estadio, los apostadores han empalmado cincuenta euros por cabeza a esta última elección. A la esperanza del desenlace, las vigilias de la lid están teniendo un empaque casi aristocrático, porque entreambos bestiarios son conscientes de que su estatura los exime de los ocios primarios de la mácula con los que otros calientan las veladas. Otros que se insultan y fingen valerse por las solapas o echarse jamugas en las neumáticas de laminadora.

A Mayweather y Pacquiao les basta con vivir para que millones de espectadores vayan a vaciar en el Mgm de Las Vegas. No necesitan por tanto imaginar resentimientos que no sienten y que en ningún azar serían más felices que la maravilla que se profesan, que la verosimilitud que entreambos tienen de ser certificada definitiva. Sienten que este combate se lo debían, no ahora a sí mismos, sino a la ayuda, modo superlativo de referirnos a los amateurs al pugilato que llevan mucho lapso esperándolos. Cuando parecía que las gestiones fracasarían de nuevo, entreambos pugiles se encontraron por eventualidad en la cancha de los Miami Heat, se miraron a la jeta y se encerraron en una morada de hotel de la que salieron peligrosos por un sobo de pasadas. Ese vencimiento supimos que iba a celebrarse el combate del que hablaremos mientras tanto vivamos.